Hoy es el día de Rosalia, y en nada tendremos aquí el 8 de marzo, día cargado de simbolismo, cargado de significado, día en que se gritarán cientos de consignas, se repetían cientos de frases ensalzando una lucha. Una lucha legítima a la que sin dudarlo me uno, porque aunque sea hombre creo en la igualdad,  creo el libertad, porque aún siendo hombre creo en que nadie es más que nadie, porque antes que hombre soy persona,  y cuando olvidamos las etiquetas es cuando de verdad encontramos una igualdad.

Cansado de oír año tras año el mismo discurso, ese que lejos de calmar los ánimos, aviva la llama de la guerra de sexos, cansado de ver como se culpabiliza de todo a los demás, como año tras año, quienes gritan y reivindican, alzan sus voces tan sólo el 8 de marzo, como el resto del año nada hacen por obtener eso que tal día como hoy reclaman todos los años.

Para esas voces, hoy quiero dejar un mensaje, un mensaje que yo no he escrito, un mensaje escrito hace ya 161 años, y tan actual como entonces, un texto escrito por una mujer, una mujer que desde sus primeros años se reveló ante las diferencias que la sociedad marcaba entre hombres y mujeres, una mujer que defendió su derecho a decidir, su derecho a escribir firmando con su nombre y no con seudónimos, una mujer transgresora que abrió los ojos a muchas otras, una mujer que fue censurada, que fue increpada, que fue amenazada, pero que fue capaz de seguir fiel a sus principios y que lo hizo siempre utilizando la mejor de las armas, la razón, que sin violencia obtiene resultados que perduran en el tiempo.  Hoy os dejo el primer manifiesto feminista escrito en España, y si, es obra de una gallega. Leedlo sin prisas, estoy seguro que descubriréis ese mensaje actual que Rosalía nos enviaba hace algo más de siglo y medio.

 

LIEDERS
de Rosalía de Castro

 

¡Oh, no quiero ceñirme a las reglas del arte! Mis pensamientos son vagabundos, mi imaginación errante, y mi alma sólo se satisface de impresiones.

   Jamás ha dominado en mi alma la esperanza de la gloria, ni he soñado nunca con laureles que oprimiesen mi frente. Sólo cantos de independencia y libertad han balbucido mis labios, aunque alrededor hubiese sentido, desde la cuna ya, el ruido de las cadenas que debían aprisionarme para siempre, porque el patrimonio de la mujer son los grillos de la esclavitud.

   Yo, sin embargo, soy libre, libre como los pájaros, como las brisas; como los árabes en el desierto y el pirata en el mar.

   Libre es mi corazón, libre mi alma, y libre mi pensamiento, que se alza hasta el cielo y desciende hasta la tierra soberbio como Luzbel y dulce como una esperanza.

   Cuando los señores de la tierra me amenazan con una mirada, o quieren marcar mi frente con un mancha de oprobio, yo me río como ellos se ríen y hago, en apariencia, mi iniquidad más grande que su iniquidad. En el fondo, no obstante, mi corazón es bueno; pero no acato los mandatos de mis iguales y creo que su hechura es igual a mi hechura, y que su carne es igual a mi carne.

   Yo soy libre. Nada puede contener la marcha de mis pensamientos, y ellos son la ley que rige mi destino.

   ¡Oh mujer! ¿Por qué siendo tan pura vienen a proyectarse sobre los blancos rayos que despide tu frente las impías sombras de los vicios de la Tierra? ¿Por qué los hombres derraman sobre ti la inmundicia de sus excesos, despreciando y aborreciendo después en tu moribundo cansancio lo horrible de sus mismos desórdenes y de sus calenturientos delirios?

   Todo lo que viene a formarse de sombrío y macilento en tu mirada después del primer destello de tu juventud inocente, todo lo que viene a manchar de cieno los blancos ropajes con que te vistieron las primeras alboradas de tu infancia, y a extinguir tus olorosas esencias y borrar las imágenes de la virtud en tu pensamiento, todo te lo transmiten ellos, todo..., y sin embargo, te desprecian.

   Los remordimientos son la herencia de las mujeres débiles. Ellos corroen su existencia con el recuerdo de unos placeres que hoy compraron a costa de su felicidad y que mañana pesarán sobre su alma como plomo candente.

   Espectros dormidos que descansan impasibles en el regazo que se dispone a recibir otro objeto que el que ellos nos presentan, y abrazos que reciben otros abrazos que hemos jurado no admitir jamás.

   Dolores punzantes y desgarradores por lo pasado, arrepentimientos vanos, enmiendas de un instante y reproducciones eternas en la culpa, y un deseo de virtud para lo futuro, un nombre honrado y sin mancillar que poder entregar al hombre que nos pide sinceramente una existencia desnuda de riquezas, mas pródiga en bondades y sensaciones vírgenes.

   He aquí las luchas precedidas siempre por los remordimientos que velan nuestro sueño, nuestras esperanzas, nuestras ambiciones.

   ¡Y todo esto por una debilidad!

Rosalía de Castro, 1858

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